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El rastro del alma


-Persona. Del verbo latino “personare”. Resonar.

-“He hecho muchas películas que han dado mucho dinero, y que nadie recuerda. No estoy interesado en hacer películas que nadie recuerde”. Jake Gyllenhaal (Prince of Persia, Amor y otras drogas).

La cartelera sufre un extraño fenómeno en esta época del año. La resaca de los Oscar nos trae títulos palomiteros y olvidables que hacen que otras películas mucho más interesantes pasen desapercibidas. Como Nunca me abandones, por ejemplo.
Esta cinta de ciencia-ficción (adaptación de la exitosa novela de Kazuo Ishiguro, calificada como la mejor de la década por “Time”) tiene el acierto de centrarse en el drama de los personajes (niños clonados que al llegar a la edad adulta mueren para donar sus órganos a las personas del mundo exterior) en lugar de quedarse en los aspectos más espectaculares o superficiales de la historia. No vemos ni tecnología super-avanzada, ni médicos malvados, ni persecuciones a todo gas. Todo se va deduciendo de pequeños trozos de diálogo que el espectador va juntando como un puzle que le muestra la verdad. Una hábil y elegante manera de narrar: al público no se le cuenta nada, sólo tiene que pensar y contemplar. Y además ocurre entre los años 70 y la actualidad; no en del futuro. En este sentido, la película se contrapone a La Isla (Michael Bay, 2005), que tiene un argumento muy parecido pero acaba convirtiéndose en una cinta más de acción.
Los planos de larga duración, la sobriedad estilística y la belleza de sus paisajes le confieren al filme un tono intimista muy conmovedor. Las interpretaciones de Carey Mulligan (sensacional, como siempre) y del ascendente Andrew Garfield provocan lástima y ternura. El final, existencialista y simbólico (“todos cumplimos”, dice Kathy, observando las almas en forma de jirones de plástico blancos atrapados en la alambrada) resulta demoledor.
¿Deberíamos poner límites a la ciencia? ¿En qué consiste el verdadero progreso? ¿Cómo sabemos que somos únicos e irrepetibles? ¿Existe el alma? ¿Adónde vamos después de morir?

Si ven Nunca me abandones jamás la olvidarán. Los alaridos de Tommy valen toda una cartelera. Qué triste sería pensar que no tenemos nada que resonar.

 

127 horas(Danny Boyle, estreno febrero 2011)

El filme cuenta los hechos reales de Aron Ralston, un joven norteamericano que en 2003 queda atrapado en una grieta del cañón de Colorado, sin que nadie conozca su paradero. Tiene medio brazo bloqueado por una roca inamovible, y parece que nadie le podrá ayudar.

A primera vista, 127 horas podría parecer una simple película de impacto, lucha y supervivencia. Pero en el fondo, va más allá del aspecto superficial de su argumento y se convierte en un relato de redención. Tal y como hizo en sus anteriores películas, Danny Boyle (Trainspotting, Slumdog Millionaire) coloca a su personaje en una situación límite para que viva una experiencia de fuerte transformación.
Al principio, sólo vemos que Aron es un chico aficionado al deporte extremo y a las emociones fuertes. Pero a medida que avanza el metraje, descubrimos el rasgo más característico de su personalidad: su individualismo. Casi no habla con sus padres, dejó de prestar atención a su novia, no acudió a la boda de su hermana, y…. no avisó a nadie de su excursión al Gran Cañón. Es un egoísta consumado. “Yo solo puedo hacerlo todo”; esta afirmación de Aron refleja perfectamente su relación con el mundo. La roca pesada  y mortal constituye la representación física de su egoísmo: es su lastre vital. Al quedarse atrapado, Aron se da cuenta de su error; Boyle introduce una serie de flashbacks en los que se reflejan su remordimiento, y a la vez la nostalgia que siente por su vida perdida. En estos fragmentos de la película, el director emplea un excelente recurso: sugiere la presencia física de Aron (reflejos en cristales, siluetas, juegos de miradas etc.) dentro de sus propios recuerdos. Como si se pusiera frente al espejo de su propia existencia.
De este modo, 127 horas viene a ser una interesante reflexión sobre la soledad del Hombre y su contingencia, y sobre la necesidad de plantearse la forma en que encaramos la vida. “El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”; esta frase de Anthony Hopkins en Tierras de penumbra bien podría valer para resumir el mensaje del filme. Al recordar todos los momentos de la vida en los que se ha encerrado en sí mismo, Aron entiende que, de alguna forma, estaba destinado a vivir ese dolor. “En ese momento, todo encajó”. Desde su nacimiento, cada segundo le había conducido a esa roca terrible. Resulta muy revelador que sólo desde una perspectiva global y trascendente de su vida logre dar sentido a su sufrimiento.
A los flashbacks siguen unas visiones del futuro (Aron vislumbra su porvenir), o intuiciones de aquello a lo que la vida le llama: él con su hijo a hombros, su mujer, reuniones de familia etc. En este momento, Danny Boyle pone una canción cuya letra dice: “sólo hay que levantarse un poco, y tener fe”. “Gracias” es la última palabra de Aron en la grieta; por primera vez en mucho tiempo se abre a la realidad. Su actitud de agradecimiento quizá se deba  a su desenlace final, o quizás le está dando las gracias a la roca misma, o a quien la pusiera en ese lugar.
127 horas tiene la virtud de ser un relato ingenioso y atrevido, con excelentes interpretaciones y una fotografía magnética, pero que guarda todo su valor en el testimonio prodigioso de una persona real.

Juan Rubio de Olazábal

 

Otra visión de la crisis

El clip "Crisis" aborda la crisis socioeconómica actual desde la rebelión interior de un adolescente sin rumbo.

 

Cortometraje: "Mis problemas "

Duración: 2 min.

Idioma: Español

Santiago descubre una cualidad nueva, con la que puede librarse de todos los problemas, El gesto egoísta es inmediato, fáicl y sencillo. Sin embargo, la felicidad se encuentra más allá, en el encuentro con el otro...

 


 

Películas

recomendadas:

 

 

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Cortometraje: "Filming Love"

Producción: Grupo Culturradio

Idioma: Inglés

Duración: 11min.

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VOLUNTARIO

Tema: El sentido del sufrimiento

Producción: Grupo Culturradio

Duración: 3 min. 22 seg.

 

 

 

Obra Maestra
Gran Torino

El crepúsculo rompe a naranja y fuego sobre el porche. El viudo espera junto a su perro. La oscuridad le sopla el aliento en la nuca. Le susurra palabras de fracaso. Sus hijos le han abandonado. Sus vecinos vienen de un lugar extraño.  El mundo se ha convertido en un pozo de mediocridad. Y los errores pesan como viejas baldosas. Sólo le queda su Gran Torino del ‘72, recubierto de polvo. Ya no hay luz. Clint Eastwood ha culminado una etapa de madurez en su carrera artística. Lejos ya del spaghetti western, Gran Torino consolida su estilo visual. Y por lo tanto, su particular mirada a la realidad. Sobrio, seco, directo. Eastwood nos presenta la realidad en su mayor pureza. Sin adornos ni florituras, el hombre del eterno ceño fruncido dispara verdades a quemarropa. En Million Dollar Baby retrata el fracaso del Hombre ante la muerte. Pero en Gran Torino, el director vislumbra la salvación a través del sacrificio y de la entrega. Después de tantos duelos ante la cámara, Eastwood nos regala su mejor lección. En su última actuación, le mira a los ojos a la muerte, y le dice: “me abrazaré a ti, porque sé que serás vencida”.

Juan Rubio

¿Qué sentido tiene la vida?
El curioso caso de Benjamin Button

Un abrazo en la noche. Una copa de vino. Una mirada clemente, el calor de un amigo. Una boca perfecta, la luz en el vestido. Una palabra callada. Un fracaso bendito. Una tímida llamada, un llanto socorrido.  El rumor de la calle, un beso furtivo. Un triunfo impetrado, un sacrificio tranquilo. Un atardecer de sangre, el cielo rosado. Una sonrisa en el Metro. El encuentro vivido. La música en los ojos, y el canto al olvido. La mano del padre, y el perdón del hijo. El velo sereno, la promesa de hierro. “Estaba pensando que nada es para siempre”. Con una puesta en escena  tan elegante como esmerada, y una fotografía sobrecogedora que recuerda al onirismo del cine más primitivo,  esta película va directa al corazón del Hombre. Benjamin Button, por su extraña condición, es más sensible que nadie a la fragilidad de la belleza. El amor y la inmensidad del mundo le brindan instantes de felicidad intensa. Pero las tardes se convierten en noches, y los días en años. El ocaso no espera. La mortalidad se le antoja como un viejo reloj cuya cuenta atrás nadie puede parar. Y esa es la cuestión: ¿puede alguien ofrecernos la felicidad eterna? Respuestas, porfavor.

Juan Rubio

El fuego original
Australia

El manto de la noche ha cubierto el valle. Los eucaliptos duermen, el ganado descansa. En lo alto de las montañas, una figura se alza. Las pinturas blancas decoran su piel cetrina, mordida por el calor del desierto. Su mirada se clava en el cielo estrellado, hacia el que se elevan unos cantos tribales. “Nala na, nala na” entona el aborigen anciano; y reza y danza alrededor del humo y las llamas. El fuego es la luz de la casa, la morada de los antepasados.
Australia ha naufragado en la taquilla. Tampoco ha recibido reconocimiento alguno. Y no es casualidad. Baz Lhurmann no ha sabido renovar el talento demostrado en Moulin Rouge, y fragua un filme muy imperfecto y bastante superficial. El principio sorprende con unas absurdas notas de un humor totalmente fuera de lugar. Además, la devaluada Nicole Kidman resulta artificial y poco convincente. Pero la mayor grieta está en la estructura dramática. El  guion dibuja unos personajes unidimensionales: la mujer aristócrata, sensible y atractiva que se ve arrojada a un mundo de hombres temibles y salvajes; el aventurero solitario, justo con los más desfavorecidos, duro en el exterior pero amable en el fondo; y un malo malísimo, nunca mejor dicho, propio de cualquier serie de dibujos animados. Aun así, el homenaje de Lhurmann a su tierra natal no resulta del todo fallido. La fotografía es impresionante. Australia se erige como una espectacular colección de estampas paisajísticas que nos regalan un vigoroso y memorable testimonio visual del continente oceánico. Pero lo más valioso de la película reside en los aborígenes. A través de ellos, el director australiano nos habla del relato como esencia de la identidad personal y origen de los pueblos. El contar historias inmortaliza la tradición, y por medio de ella el Hombre emprende la senda del regreso a su hogar. Al fuego original.

Juan Rubio

 

   
       
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